El peronismo bonaerense activó el modo supervivencia. Tras cerrar filas en la cúpula provincial, el PJ salió a apagar incendios en los distritos y logró listas únicas a contrarreloj para evitar una interna que prometía ser sangrienta. Acuerdos de último momento, llamados cruzados y pactos silenciosos marcaron una jugada que busca mostrar “unidad”, pero que deja olor a rosca pesada en más de un municipio.
En varias ciudades clave, intendentes y dirigentes históricos se quedaron con el control del partido sin pasar por las urnas. La consigna fue clara: evitar elecciones a toda costa, aunque eso implicara relegar sectores, repartir cargos quirúrgicamente y sellar alianzas que hasta hace semanas parecían imposibles. El objetivo inmediato: llegar ordenados a marzo y no exhibir fracturas en un contexto político cada vez más hostil.
Mientras desde la conducción celebran la “madurez política”, en los pasillos se habla de listas cocinadas, acuerdos forzados y bases descontentas. El PJ logró frenar la interna, sí, pero la calma parece frágil. La verdadera pregunta no es quién ganó el sello partidario, sino cuánto durará esta unidad antes de que vuelva la pelea por el poder en cada distrito.