Por estos días, el Casino de Necochea vuelve a estar en boca de todos. Abandono, deterioro, incendios, ruinas, licitaciones fallidas, millones perdidos… la lista es conocida, repetida, casi desgastada. Pero mientras la ciudad sigue mirando el edificio como un símbolo de decadencia, hay un enfoque que todavía no aparece en la discusión pública: el Casino no es un problema. Es una mina de oro. Una oportunidad histórica. Y pocas ciudades del país la tienen al alcance de la mano.
El drama del Casino no está en sus grietas, ni en sus techos corroídos, ni en los años de abandono político. El verdadero drama está en que seguimos viéndolo como un peso muerto, cuando en realidad es uno de los activos urbanos más valiosos de toda la Costa Atlántica. Hablamos de un predio frente al mar, en pleno centro, con escala monumental y potencial turístico, comercial y urbanístico que cualquier ciudad soñaría tener.
Mientras otras localidades pagan fortunas por recuperar terrenos costeros, Necochea tiene uno listo para convertirse en el motor económico más grande de las próximas décadas.
Hoy el Casino es noticia porque se discute su venta. Pero la discusión está mal encarada. No se trata de “deshacerse” de un edificio viejo. No se trata de “sacarse un problema de encima”. Se trata de discutir cómo transformarlo en un polo de desarrollo que pueda generar empleo, inversión, turismo, obra pública, impuestos, modernización y un renacer de la identidad local. A eso se llama visión de futuro. Y eso es exactamente lo que hoy falta en la agenda oficial.
Los debates actuales giran alrededor de cuánto cuesta, si se vende por subasta, si hay consulta pública, si habrá o no espacio verde. Todo eso es secundario. La verdadera pregunta es otra:
¿Queremos que el Casino sea una ruina que contamina la postal de Necochea o queremos convertirlo en el proyecto urbano más ambicioso de LA CIUDAD?
En ciudades como Rosario, Mar del Plata o Puerto Madero, la reconversión de predios estratégicos generó millones en inversión y transformó barrios completos. ¿Por qué Necochea no podría hacer lo mismo? ¿Qué nos impide soñar y actuar con audacia? La respuesta es tan simple como incómoda: falta de visión política y exceso de miedo a pensar en grande.
Tenemos que plantear una perspectiva distinta: dejar atrás el relato del lamento y abrazar el relato de la oportunidad. Proponer una subasta real ya sea nacional o internacional, atraer capitales serios, exigir inversión obligatoria, garantizar acceso público y convertir el predio en un referente de la costa atlántica, un polo turístico, empresarial y gastronómico capaz de cambiar la economía local.
¿Suena ambicioso? Sí. ¿Es posible? Totalmente.
El potencial está ahí. Solo falta decisión.
La ciudad merece que dejemos de llorar por lo que el Casino fue y empecemos a construir lo que puede ser. No es un cementerio de hormigón: es un diamante en bruto. Un territorio único. Una plataforma perfecta para el crecimiento real.
Seguir viéndolo como un problema es condenarse al estancamiento.
Empezar a verlo como la mina de oro que es podría marcar el comienzo de una nueva etapa en la ciudad.
Y la pregunta final no es técnica ni urbanística: es cultural.
¿Nos animamos a pensar en grande?
Porque el futuro del Casino —y de la ciudad— depende de eso.