El otrora majestuoso Casino de Necochea, tasado en USD 9 millones, hoy no es más que un coloso corroído frente al mar. Pero más allá de los incendios, la erosión y los caprichos arquitectónicos de los años 70, hay un responsable evidente de su estado terminal: el intendente Arturo Rojas, cuya inacción, desinterés y decisiones políticas dejaron que el edificio más emblemático de la ciudad se convirtiera en un esqueleto municipal sin rumbo. Mientras el deterioro avanzaba a la vista de todos, la gestión local miró para otro lado, permitiendo que cada filtración, cada robo y cada incendio consolidaran la decadencia absoluta del complejo más importante de la costa necochense.
Durante estos años, mientras vecinos improvisaban el estacionamiento como patio público para tomar mate, andar en bici y esquivar escombros, la Municipalidad se limitó a discursos y promesas vacías. Ni recuperación, ni mantenimiento, ni un plan real de preservación. Apenas parches y licitaciones fallidas que nunca prosperaron porque —según denuncian voces técnicas— el municipio jamás puso el mínimo esfuerzo para que prosperaran. La postal final es contundente: un edificio emblemático, abandonado a su suerte, consumido por incendios y saqueos, y una administración que dejó que el patrimonio simbólico de Necochea se desangrara mientras avanzaban negocios inmobiliarios en la costa. La decadencia no cayó del cielo: se gestó en la intendencia.
Hoy, mientras se discute su destino —venta, privatización o demolición—, es imposible ignorar la responsabilidad política detrás de la ruina. Rojas recibió un monumento histórico y lo entrega como un cementerio de hormigón. Freitas y otros especialistas advierten que aún podría salvarse, pero cada día perdido achica la chance. La pregunta ahora es demoledora: ¿el abandono fue negligencia o estrategia? ¿Se dejó que el casino se destruyera para justificar luego una venta acelerada y un negocio privado en un predio privilegiado frente al mar? En Necochea, muchos ya creen saber la respuesta.