Mientras los comunicados oficiales celebran un “enero histórico” con bombos y platillos, en Puerto Quequén la postal real es mucho menos épica. Se habla de más de 1,2 millones de toneladas y números récord, pero casi no se menciona el dato más inquietante: el colapso de un silo que, por pura casualidad, no dejó víctimas fatales. Un episodio que expuso crudamente el estado de abandono de la infraestructura portuaria y encendió alarmas que nadie parece querer escuchar.
Puertas adentro del puerto, el relato triunfalista choca con una realidad incómoda: no hay inversiones visibles, las estructuras envejecen y los riesgos se acumulan. El movimiento de granos sigue sosteniéndose más por inercia del complejo agroexportador que por mejoras reales en seguridad, tecnología o mantenimiento. El derrumbe del silo fue un aviso brutal de lo que puede pasar cuando se priorizan estadísticas para la foto antes que obras concretas para evitar una tragedia.
Así, el “mejor inicio de año de la historia” queda envuelto en una contradicción peligrosa. Se exporta más, sí, pero sobre bases cada vez más frágiles. El silencio sobre el colapso y la falta de inversiones no hacen más que reforzar una sensación inquietante: en Puerto Quequén, detrás del récord, todo sigue igual o peor que antes, y el próximo accidente podría no resolverse solo con suerte.